En Mono

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Sobre Heráclito y la retención de líquidos


Si hay un tema que me obsesiona es el cambio. Tengo rato escribiendo sobre él  en mi blog (otropardezapatos.blogspot.com) porque me he dado cuenta de que, como dice una calcomanía que dijo Heráclito (esto no está comprobado), es lo único constante.
La vida te está haciendo cambiar ahora mismo. Te cambias de trabajo, te cambian el jefe o los compañeros, te cambian las señas con las que se hacían las cosas hasta hace nada. Te mudas, se te van los vecinos y llegan otros nuevos, terminas con tu novio o te divorcias de tu marido, tus amigos se van a otro país, tú te vas a otro país…
Y del cuerpo ni hablar. Lo que antes era tu rutina de los viernes en la noche se convierte en una cruz insostenible (olvídate de los trasnochos, toma más agua que martinis y lleva siempre en el bolso un par de bailarinas y unas curitas), el sol amenaza con arrugarte y los kilos desarrollan una relación muy fuerte con tu cuerpo y no te quieren abandonar más nunca. De la celulitis no vamos a hablar porque es de mala educación.
También están los achaques: te vuelves más alérgica, más “retentiva” (en líquidos, no en atención), más olvidadiza y, cómo no, mucho más neurótica.
Las manías se multiplican y ahora ya no se trata de comer aceite de oliva sino de que “esa marca no es buena” y “este vestido está bonito y a buen precio, y hasta me queda bien, pero no sé…”. Sábanas con más hilos, chocolates con menos azúcar, bebidas sin gas, leche sin crema, huevos sin yema…  Hay quien se vuelve completamente loca, ya se sabe.
Pero no todo es tan malo. También uno cambia para mejor. Uno se descomplica de ciertas cosas, se hace más tolerante con otras y hay unas que francamente dejan de importarle. Uno se da cuenta de que lo que antes dolía horrores hoy enseña a mares.
Que los libros, el vino, la música y el amor saben mejor. Que la pasta se come fresca, las normas están puestas por algo y los precios no siempre dicen la verdad sobre la calidad de las cosas.
La familia y los amigos se vuelven más importantes. Y los afectos añejos se van atesorando tanto como los peroles que no necesariamente tienen mucho valor monetario, pero que siempre estuvieron allí, que son parte de la vida de uno.
Crecer no está tan mal, debo admitirlo. Aunque de joven siempre pensé que esto de acercarse a los 40 iba a ser un barranco horrible, hoy creo que esta debe ser de las décadas más divertidas que tiene la vida de una mujer.
No siempre uno piensa en cómo ha cambiado. Pero basta toparse con una foto, un sweater o un texto (esos son los peores, los muy ingratos) para entender que uno no llegó aquí donde está porque una nave espacial lo haya soltado desde las nubes.
Estar donde uno está, aquí y ahora, sólo es posible gracias al cambio. Por eso hay que quererlo tanto y darle las gracias. Porque sólo gracias a él es que uno es quien es.

(Publicado en la revista Mono Feb-2013)

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